Venezuela entierra a víctimas de terremoto en fosas individuales mientras enfrenta crisis por 17 millones de toneladas de escombros
Más de dos semanas después de un devastador doble terremoto que dejó 3.811 muertos, el gobierno provisional de Venezuela ha descartado el uso de fosas comunes. Las víctimas están siendo enterradas en parcelas individuales en el cementerio de La Esperanza, a 30 km de Caracas, cada una identificada con un código alfanumérico para posible reconocimiento por familiares.
Pero mientras las víctimas reciben sepultura, el país enfrenta un desafío monumental: 17 millones de toneladas de escombros tras el colapso de 190 edificios y daños en otros 856, según cálculos de la ONU. La emergencia ha escalado tras denuncias de que camiones estatales descargan desechos en playas de La Guaira, amenazando la biodiversidad marina.
Ecologistas en alerta: "El mar no es un basurero"
Imágenes compartidas en redes sociales muestran a vehículos de la petrolera estatal Pdvsa vertiendo escombros en la costa. Karen Brewer-Carías, conservacionista, advirtió que esto envenenará el ecosistema: "Los corales morirán, las algas desaparecerán y cambiarán las migraciones de peces que alimentan a comunidades locales". Además, materiales tóxicos como plomo y pinturas podrían alterar la química del agua.
Falta de protocolos y recursos
Venezuela no tiene un plan para gestionar los residuos, pese a tratados internacionales que ha firmado. Expertos sugieren seguir ejemplos como Chile o Japón, donde los escombros se clasifican y reciclan. Sin embargo, el país carece de fondos: los daños superan los 6.700 millones de dólares (8,5% del PIB), según la ONU.
La presidenta interina, Delcy Rodríguez, pidió liberar oro venezolano retenido en el Banco de Inglaterra para financiar la reconstrucción. EE.UU. suspendió temporalmente sanciones y donó 300 millones de dólares, pero la ONU reclama más flexibilidad: "Ningún apoyo humanitario debe estar bloqueado", insistió un alto funcionario.
Mientras tanto, 17.907 personas siguen sin hogar, y el reloj corre para evitar que la tragedia humanitaria se convierta en un desastre ambiental irreversible.

