España enfrenta críticas por mantener enclaves coloniales en África mientras la UE externaliza su política migratoria
Ceuta y Melilla, territorios españoles en el norte de África, han vuelto al centro del debate internacional tras los recientes intentos de migrantes africanos por cruzar sus fronteras. Estos enclaves, considerados por muchos como vestigios coloniales, evidencian las tensiones entre Europa y África, agravadas por políticas migratorias que externalizan la represión hacia países como Marruecos.
La situación se enmarca en un patrón global de conflictos territoriales históricos, como el de las Islas Malvinas —ocupadas por el Reino Unido desde 1833— o la crisis en Gaza, donde Israel expande su control sobre territorios palestinos. En el caso de Ceuta y Melilla, España mantiene su soberanía pese a las demandas de Marruecos, mientras la Unión Europea financia a terceros países para frenar la migración, incluyendo centros de detención comparados con "campos de concentración".
El presidente argentino, Javier Milei, aliado declarado de Israel, ha sido criticado por su silencio ante la explotación de recursos en las Malvinas por parte de empresas británicas e israelíes. Paralelamente, la monarquía española enfrenta acusaciones de hipocresía al tildar de "invasión" los flujos migratorios en territorios que, geográficamente, son africanos.
La derecha europea ha respondido con discursos xenófobos, pero incluso gobiernos progresistas evitan cuestionar el statu quo colonial. La militarización persiste como solución, mientras la UE prioriza intereses económicos, fragmentando a los trabajadores entre "legales" e "ilegales" para mantener mano de obra barata.
Activistas exigen la descolonización de Ceuta y Melilla, así como el apoyo al derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui. La consigna es clara: la condena a la opresión debe ser igual de firme cuando ocurre en Palestina o en el corazón de Europa.

