El Kremlin lucha por contener una oleada de ataques con drones ucranianos que están golpeando el corazón de Rusia, destruyendo fábricas de armas, refinerías de petróleo y provocando escasez de combustible en todo el país.
Los blancos incluyen instalaciones clave para la producción militar y la energía, con un impacto creciente en la capacidad de Moscú para sostener su guerra en Ucrania. Las refinerías dañadas ya han reducido un 12% del procesamiento de crudo ruso, según analistas, elevando los precios internos y obligando al gobierno a restringir las exportaciones.
Vladimir Putin ha ordenado reforzar las defensas aéreas, pero los drones ucranianos —más baratos y difíciles de detectar— siguen burlando las medidas. Solo en marzo, al menos 12 refinerías y depósitos de combustible fueron alcanzados, incluidos algunos a más de 800 km de la frontera.
Expertos señalan que estos ataques buscan asfixiar económicamente a Rusia mientras Kiev espera más apoyo militar de Occidente. "Es una estrategia de desgaste", advierte un analista. "Cada refinería destruida reduce los ingresos que financian la invasión".
El conflicto entra así en una nueva fase, con Ucrania llevando la guerra al territorio ruso y el Kremlin enfrentando presiones internas por su incapacidad para proteger infraestructuras vitales. Moscú ha respondido con bombardeos masivos contra ciudades ucranianas, pero la escalada no da señales de freno.





