El sistema de Naciones Unidas enfrenta una grave crisis financiera y operativa tras los drásticos recortes de fondos por parte de Estados Unidos durante la administración de Donald Trump. Este impacto ha paralizado programas clave de asistencia humanitaria en algunas de las regiones más vulnerables del mundo y ha llevado al despido de miles de trabajadores de la ONU. La situación, sin precedentes, amenaza la capacidad de la organización para responder a emergencias globales y proteger los derechos humanos.
Las agencias de la ONU financiadas por contribuciones voluntarias, como ACNUR, UNICEF y el Programa Mundial de Alimentos (PMA), han sido las más afectadas. Estas organizaciones han tenido que suspender proyectos y reducir personal, especialmente en África, Asia y América Latina. El PMA, encargado de distribuir alimentos en zonas de crisis, ha perdido casi la mitad de su financiación, lo que ha llevado al cierre de su oficina en África Austral en plena sequía y hambruna.
El recorte de fondos también ha impactado a organismos con cuotas obligatorias, como la Organización Mundial de la Salud (OMS), que ha perdido 500 millones de dólares y eliminado 1.282 puestos de trabajo. De igual manera, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) enfrenta un déficit de 322 millones y ha anunciado despidos masivos. La Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos (ACNUDH) también ha reducido sus operaciones en países como Colombia, Myanmar y Túnez debido a la falta de recursos.
Además de los recortes, la ONU ha visto mermada su capacidad diplomática y de mediación debido a los ataques verbales de Trump contra la organización. El alto comisionado Volker Türk ha advertido que estas decisiones han afectado directamente la supervisión del respeto a los derechos humanos y la protección de los sistemas democráticos en al menos 42 países.
La crisis ha tenido consecuencias globales. Misiones críticas como la de Sudán del Sur (UNMISS) han comenzado a cerrar bases pese a la violencia y los desplazamientos masivos. Otras operaciones de mantenimiento de paz, como UNIFIL en Líbano y UNFICYP en Chipre, también están en riesgo. La falta de fondos ha paralizado la asistencia humanitaria en conflictos como los de Sudán, Haití y Somalia, donde la ONU ha sido incapaz de responder adecuadamente.
Como efecto colateral, otros países como Rusia e Israel han endurecido su postura contra la ONU, debilitando los esfuerzos por sostener el multilateralismo. Aunque esta crisis ha acelerado el debate sobre una reforma integral de la organización, las propuestas avanzan lentamente y enfrentan fuertes discrepancias.
Mientras tanto, trabajadores de la ONU describen la situación como "una verdadera sangría", con casos que rozan lo absurdo, como la incapacidad de contar con suficientes traductores para los discursos del secretario general. La ONU enfrenta uno de los mayores desafíos de su historia, con consecuencias imprevisibles para millones de personas en todo el mundo.





