La guerra de los halcones

La respuesta de Vladímir Putin a la explosión que el sábado dañó el puente que comunica Rusia con la península de Crimea y sus últimos reveses en varios frentes ha llevado a Moscú a elevar la obscenidad de la guerra mediante un ataque masivo contra la población civil ucraniana. Los bombardeos sobre el centro de un gran número de ciudades, entre ellas Kiev, ha concretado con qué espíritu afronta su misión el general Serguéi Surovikin, recién nombrado comandante en jefe de las operaciones militares rusas en Ucrania: reproducir la estrategia que llevó a la práctica en la ciudad siria de Alepo, blanco de bombardeos masivos y aniquiladores, y antes en Chechenia, donde se comprometió a acabar con tres adversarios por cada soldado ruso muerto. 

Basta un dato para sopesar las intenciones del matarife: el 24 de febrero, primer día de la invasión, el Ejército ruso disparó 168 misiles; el lunes lanzó 84 y recurrió a más de una veintena de drones suicidas, según el presidente Volodímir Zelenski.

La aplicación de tal política de tierra quemada, que tuvo su continuación este martes, obedece a la necesidad imperiosa de Putin de contrarrestar los éxitos ucranianos en el frente y de atender las exigencias de los halcones del Kremlin, de las fuerzas armadas y de la televisión y las redes sociales, mensajeros de un belicismo descarnado. Desde que el Ejército ucraniano empezó a recuperar terreno no han dejado de multiplicarse los llamamientos para activar una respuesta más contundente, mientras la opinión pública de las grandes ciudades rusas se divide entre quienes han visto cómo la guerra llamaba a sus puertas con la movilización de reservistas y quienes aceptan el relato oficial de cuanto sucede.

Es esta otra versión de la temida escalada, confiada en este caso a Surovikin, un militar con alma de verdugo. Ni las condenas genéricas de la comunidad internacional ni la muy concreta amenaza del G-7 de «graves consecuencias» para Rusia si utiliza armas químicas, biológicas o nucleares parecen suficientes para contener a los radicales de Moscú, sino que a menudo se antoja que operan como un estímulo en su empeño de agravar sin freno el conflicto. Mientras el diagnóstico de la nobel Svetlana Aleksiévich publicado en EL PERIÓDICO se corresponda con la situación interior en Rusia -«la gente ha dejado de pensar»-, nada detendrá a los voceros que reclaman aplicar a Ucrania la guerra total, si no prácticas con tintes de limpieza étnica. 

Tampoco están destinados a cambiar el rumbo ruso las acusaciones de cometer crímenes contra la humanidad, a la luz del derecho internacional, procedentes de la ONU y de la OTAN. Para Rusia, las operaciones de los dos últimos días han alcanzado «todas las instalaciones elegidas» y el resto carece de importancia; lo único que de verdad importa es ahuyentar el fantasma de la derrota para pedir a Occidente, llegado el caso, negociar el desenlace de la crisis desde una posición de fuerza

Pero el hecho es que, mientras prevalezca el riesgo de desastre nuclear, mientras la iniciativa siga en manos del ultranacionalismo ruso, tal negociación es inviable. Y si Bielorrusia es finalmente parte activa de la guerra y Rusia resucita la discusión sobre Moldavia y Georgia, una forma de ampliar el área de crisis, la posibilidad de un alto el fuego aún será menos viable y la de la una mayor internacionalización de las hostilidades, inquietantemente más factible.

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