La guerra en Sudán, que estalló en abril de 2023, ha sumido al país en una de las peores crisis humanitarias del mundo. Con decenas de miles de muertos, millones de desplazados y una infraestructura devastada, el conflicto entre el Ejército y las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR) parece no tener fin. A pesar de las cifras "astronómicas" de víctimas, la atención internacional ha pasado de largo, dejando a la población en una situación desesperada.
El enfrentamiento comenzó por desacuerdos sobre la integración de las FAR en las fuerzas regulares del gobierno. Desde entonces, el país ha sido escenario de crímenes de guerra y contra la humanidad, según un reciente informe de expertos de la ONU. Además, la violencia sexual se ha convertido en un arma sistemática, con más de 500 víctimas documentadas hasta mayo pasado.
La destrucción de infraestructuras básicas ha agravado aún más la crisis. El 80% de los centros sanitarios no funcionan, y comunidades enteras se han quedado sin acceso a agua potable, lo que ha provocado un brote de cólera sin precedentes, con más de 105.000 casos y 2.600 muertes confirmadas. Además, miles de personas viajan durante semanas en busca de atención médica, ya que muchos profesionales han huido del país debido a la inseguridad.
Incluso si el conflicto terminara mañana, sus efectos perdurarán durante años. El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) ya trabaja en la exhumación y reenterramiento de cientos de cuerpos en Jartum para asegurar su identificación futura.
Sudán vive una tragedia silenciosa. Mientras el mundo mira hacia otros conflictos, como Gaza o Ucrania, millones de sudaneses siguen luchando por sobrevivir en medio de una guerra que parece no tener fin.





