Belgrado, Serbia, aún respiraba el humo de la revolución cuando el Celta de Vigo llegó a la ciudad el 25 de octubre de 2000 para disputar un partido de la Copa de la UEFA. Habían pasado apenas 19 días desde la caída del dictador Slobodan Milosevic, conocido como el Carnicero de los Balcanes, y la capital serbia mostraba las cicatrices de su reciente historia: edificios gubernamentales bombardeados, casquillos de bala en las calles y el Parlamento todavía marcado por los enfrentamientos.
El vuelo del equipo español se convirtió en el primero procedente de Occidente en aterrizar en la Nueva Serbia, apenas un día antes de que el recién electo Vojislav Kostunica tomara posesión como presidente. Aunque Kostunica había obtenido más del 50% de los votos, un polémico cambio en las reglas del Comité Central Electoral lo obligó a enfrentar una segunda vuelta.
En medio de este contexto político turbulento, el Celta vivió una noche histórica en el terreno de juego. Tras un partido de ida igualado en Vigo, el equipo gallego logró remontar en Belgrado con cuatro goles en la segunda mitad, eliminando al Estrella Roja y dejando una huella imborrable en la competición europea.
Pero más allá del fútbol, lo que realmente marcó esa visita fue el impacto de pisar una ciudad que acababa de vivir un cambio político radical. Belgrado era un testimonio vivo de la resistencia de su pueblo y de los brutales bombardeos de la OTAN que habían devastado el país meses antes.
El viaje del Celta no solo fue una victoria deportiva, sino también un encuentro fortuito con un momento histórico que transformaría el futuro de Serbia. Aquella noche, el fútbol y la política se entrelazaron en una ciudad que empezaba a reconstruirse desde las cenizas de una dictadura.





