Cirila Pérez Vizcaíno, una mujer de 66 años originaria de El Higüero, enfrentó una de las batallas más duras de su vida tras ser diagnosticada con cáncer de mama en 2015. Lo que comenzó con un autoexamen en casa terminó convirtiéndose en un ejemplo de lucha, perseverancia y superación. Hoy, nueve años después, Cirila no solo ha vencido la enfermedad, sino que ha encontrado un nuevo propósito en su vida.
Todo empezó cuando Cirila, tras escuchar una campaña sobre la prevención del cáncer de mama, decidió revisarse. Al notar una bolita en su pecho, supo que algo no estaba bien. Aunque en su primera consulta le dieron cita para tres meses después, ella no quiso esperar. “Sentía algo raro”, recuerda. Su insistencia la llevó a buscar una segunda opinión, donde le diagnosticaron cáncer de mama en etapa tres, una fase avanzada pero tratable.
Cirila no perdió tiempo. Compró de su bolsillo la aguja necesaria para la biopsia y corrió entre hospitales y laboratorios para acelerar los resultados. “Los cuartos no me los voy a llevar”, dijo cuando le explicaron los costos de los estudios. Su determinación la llevó a iniciar un tratamiento agresivo: 20 sesiones de quimioterapia y 28 de radioterapia. Aunque los efectos fueron duros —perdió su cabello, sufrió quemaduras en el pecho y los olores le provocaban náuseas—, nunca se rindió. “Mis hijas me subieron el ánimo. Una me dijo: mami, el cáncer no mata; hay tratamiento. Y me lo creí”, cuenta emocionada.
El 24 de octubre de 2016, Cirila fue operada. Tres semanas después, nació su único nieto varón, un momento que ella anhelaba vivir. “Cada cumpleaños le doy gracias a Dios porque estoy ahí para cargarlo y tirarme la foto”, dice con orgullo.
Hoy, Cirila es una mujer transformada. Antes vendía frituras en el río Higüero; ahora enseña manualidades, como aretes, collares y flores. “Enseñar me ha dado propósito y alegría. El cáncer me hizo descubrir quién soy”, confiesa. Incluso agradece a la enfermedad por haberla llevado a valorar la vida de una manera más profunda.
Hace cuatro años, su doctora le dio la noticia que tanto esperaba: después de cinco años sin recaída, el cáncer no volvería. Cirila lo celebró con un baile y cumpliendo uno de sus sueños: tener su propio carro. “Apareció un Ferrari viejo, del 92. Yo dije: gracias, Señor, me permitiste cumplir mis sueños”, relata entre risas.
A sus 66 años, Cirila se describe como una mujer en paz, llena de gratitud y esperanza. Su mensaje para otras mujeres es claro: “Que no se rindan. Lloren si tienen que llorar, pero no se queden ahí. Mientras el alma esté en la carne, hay esperanza. Y yo soy testigo de eso”.
Cirila Pérez Vizcaíno es un ejemplo de que el cáncer no es sinónimo de muerte, sino una oportunidad para aprender a vivir mejor.





