Las icónicas Salinas de Baní, un símbolo histórico y turístico del sur de República Dominicana, enfrentan un futuro incierto tras los graves daños causados por la tormenta Melissa y el abandono del Ayuntamiento local. Lo que alguna vez fue un vibrante paisaje industrial y natural, hoy yace en silencio, con sus instalaciones cerradas y su producción paralizada, dejando a decenas de trabajadores sin empleo.
Las Salinas de Baní, conocidas por sus montañas de sal y su belleza surrealista, fueron severamente afectadas por las lluvias de la tormenta Melissa, que destruyeron los cuadrantes donde se solidifica la sal. Este desastre natural, sumado a la falta de mantenimiento y atención por parte del Ayuntamiento de Baní, ha dejado el área completamente desolada. Los trabajadores, muchos de los cuales no han recibido sus salarios, están desesperados por una solución que les permita volver a sus labores.
Ofandy Matos, un empleado de la empresa, denunció que las lluvias arrasaron con miles de quintales de sal y dañaron las pozas de solidificación. Además, criticó la falta de acción del alcalde Santos Ramírez, quien no se ha reunido con los trabajadores ni ha presentado un plan para reactivar la producción. "Necesitamos una inversión urgente para recuperar la industria y evitar que desaparezca", afirmó Matos.
La paralización de la producción de sal no solo afecta a los trabajadores directos, sino también a las familias que dependen de esta actividad para subsistir. Los comunitarios han expresado su preocupación por el abandono de un lugar que, además de ser una fuente de empleo, es un símbolo de la identidad banileja. Las estructuras rústicas que alguna vez atraían a fotógrafos y turistas ahora parecen un pueblo fantasma, deteriorado y al borde del colapso.
La mina de sal de Las Salinas de Baní, con más de 510 años de historia, es una de las más importantes del país y ha sido administrada por diversas instituciones públicas. Su producción se basa en la evaporación del agua del mar, un proceso que depende del sol y el viento. Antes de la tormenta, la empresa generaba miles de quintales de sal al mes y empleaba a unos 70 trabajadores, entre fijos y temporales.
Mientras tanto, la comunidad espera que el gobierno y el Ayuntamiento actúen de manera rápida y contundente para rescatar este emblemático lugar. De lo contrario, temen que el abandono termine por borrar uno de los símbolos más representativos de la provincia Peravia.





