Francia vive una jornada de tensión extrema con masivas protestas y fuerte represión policial, en el tercer sábado consecutivo de movilizaciones contra el gobierno de Emmanuel Macron. Decenas de miles de manifestantes desafiaron las prohibiciones gubernamentales en París, Marsella, Burdeos y otras ciudades, mientras las fuerzas de seguridad respondieron con gas lacrimógeno y cargas violentas.
El gobierno prohibió la histórica ruta Bastilla-Nación en la capital francesa, desplazando la manifestación a la periferia en un claro intento de restar visibilidad a las protestas. A pesar del amplio despliegue de unidades antidisturbios y antiterroristas, los manifestantes -estudiantes, trabajadores y miembros del movimiento "chalecos amarillos"- lograron concentrarse en el centro de París y otras ciudades.
En Marsella, sindicalistas formaron una cadena humana para proteger a los manifestantes de la policía, después de que las autoridades amenazaran con "hacer uso de la fuerza". Testigos reportaron escenas caóticas con gases lacrimógenos y golpes de porra contra los concentrados. Mientras, en Rennes y Grenoble, decenas de miles salieron a las calles pese a la lluvia torrencial.
Las protestas, convocadas contra el encarecimiento de vida y las políticas de austeridad de Macron, han ido escalando en intensidad desde octubre. Los organizadores prometen intensificar la presión con vistas a una huelga general prevista para el 5 de noviembre, que podría paralizar servicios clave en todo el país.
El presidente Macron enfrenta su mayor crisis desde el movimiento de los chalecos amarillos en 2018, con una creciente alianza entre estudiantes, sindicatos y movimientos sociales que desafía su autoridad. Observadores internacionales señalan que la dura respuesta policial podría alimentar aún más el descontento popular en las próximas semanas.







