Finlandia se cierra ante la "guerra híbrida" migratoria de Rusia

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Finlandia se cierra ante la "guerra híbrida" migratoria de Rusia

Llegan en grupos reducidos de unos 25 hombres, jóvenes en su mayoría, procedentes principalmente de Oriente Próximo. Se agrupan en el que, hasta mediados de noviembre, era el único paso fronterizo que seguía abierto entre Finlandia y Rusia, en Raja-Jooseppi, entre montañas de nieve y en la remota Laponia. Algunos arrastran una bicicleta, vehículo obviamente inapropiado para carreteras nevadas y temperaturas gélidas. Son imágenes algo surrealistas, pero que recuerdan a otras de 2015, en plena crisis migratoria por la guerra civil de Siria. Eran grupos similares de solicitantes de asilo, sobre el círculo polar ártico y entrando en Noruega desde Rusia con su bicicleta. La razón era que las autoridades rusas no permiten pasar andando la frontera, sino en un vehículo rodado. Sus bicicletas quedaban abandonadas sobre la nieve en cuanto alcanzaban territorio noruego.

El Gobierno de Finlandia, una coalición entre el conservador Petteri Orpo, la ultraderecha y otros dos partidos minoritarios, lanzó las primeras señales de alerta sobre una "guerra híbrida" el pasado verano. De pronto se registraba un inusual flujo de solicitantes de asilo procedentes de Siria, Yemen, Somalia o Marruecos desde Rusia. Fueron un total de 900 entre agosto y noviembre. La cifra debería ser asumible en un país con 5,5 millones de habitantes. A no ser que vaya acompañada del presunto propósito desestabilizador sobre este socio de la OTAN y la UE.

Helsinki decretó en cuestión de semanas el cierre de siete de sus ocho pasos. Solo dejó abierto el más impracticable y remoto, el de Laponia, además del de Vainikkala, este último solo para transporte de mercancías. Esos cierres progresivos precipitaron las cifras: solo en noviembre, cuando el cierre era parcial, fueron 800 los refugiados llegados a través de Rusia. Helsinki optó por cerrar todos sus pasos legales durante 15 días. En cuanto expiró el plazo y reabrió el de Laponia se registraron 200 entradas en 48 horas.

Bielorrusia

"Les arrastra deliberadamente Rusia hasta nuestra frontera con propósitos desestabilizadores", aseguró la ministra de Asuntos Exteriores, Elina Valtonen, en declaraciones a la agencia AP. Es una nueva edición de la guerra híbrida que en 2022 denunciaron los países bálticos y Polonia. Entonces fueron miles los refugiados impulsados hacia sus fronteras por Bielorrusia, aliado de Moscú. Muchos de ellos quedaron en tierra de nadie, rechazados por esos países europeos, entre golpes y empujones de los guardas fronterizos a uno y otro lado.

Aparentemente solo son las autoridades rusas las que favorecen estos flujos inusuales de solicitantes de asilo a Finlandia, sino también las mafias que se lucran con ellos. Unos 2.000 dólares paga cada uno de ellos para el trayecto en autocar o furgoneta desde Moscú hasta la frontera finlandesa, incluida la bicicleta para el tramo final, según el diario 'Neue Zürcher Zeitung'.

Helsinki responsabiliza a Moscú de esta nueva guerra híbrida. El presidente ruso, Vladímir Putin, anunció estos días la creación de un nuevo "distrito militarizado" junto a la frontera con Finlandia, país al que viene acusando de haber abandonado la neutralidad desde que solicitó su ingreso en la OTAN. Fue en 2022, a raíz del inicio de la invasión de Ucrania por Rusia, cuando formalizó su petición, en paralelo con Suecia. Finlandia es ya miembro de pleno derecho de la Alianza desde el pasado abril, mientras que Suecia sigue pendiente de la ratificación de Turquía y Hungría.

De la provechosa cooperación bilateral al rechazo

La situación de Finlandia es, sin embargo, distinta a las de los países bálticos o Polonia. No solo por tener la frontera más extensa con Rusia entre todos los socios de la UE, sino también porque, a diferencia de estos países, hasta la invasión de Ucrania mimó su relación con Moscú. Estonia, Letonia y Lituania se apresuraron a tramitar su ingreso en la Alianza Atlántica poco después de la disolución de la URSS, de la que habían formado parte. Finlandia, como Suecia, optaron por la neutralidad militar, aunque de facto eran países "asociados" a la OTAN y participaban ya en operativos conjuntos.

Los 1.340 kilómetros de frontera compartida con Rusia, a modo de limpio corte vertical de norte a sur de Finlandia, eran un peligro más bien abstracto, aunque presente en la memoria colectiva. El país nórdico había sido provincia rusa entre 1809 y 1917, en 1939 fue invadido por la Unión Soviética, pero jugó luego la carta de la neutralidad durante la Guerra Fría. Entre Helsinki y Moscú se mantuvo durante décadas una provechosa relación comercial para ambas partes. En Finlandia viven unos 100.000 ciudadanos de habla rusa. Mientras los países bálticos, asimismo con altos porcentajes de población de origen ruso, empezaron a restringir la entrada en su territorio de ciudadanos desde Rusia desde 2022, Finlandia siguió aceptando su ingreso a los que disponían de visado para el espacio Schengen.

El Gobierno de la socialdemócrata Sanna Marin formalizó la petición de ingreso en la OTAN, pero ha sido el conservador Orpo el encargado de cerrar uno a uno los pasos fronterizos. La presencia en su coalición de los ultraderechistas Verdaderos Finlandeses puede haber sido un factor más en esa dirección, en un momento en que los populismos derechistas imprimen su sello en la política migratoria europea. Pero ya bajo Marín habían empezado a reforzarse los dispositivos fronterizos. En pleno proceso de integración en la OTAN, el Gobierno de la líder socialdemócrata decidió construir una valla de 200 kilómetros en la parte más vulnerable de la frontera con Rusia, en la región de la ciudad de Imatra. La intención era cubrir un 15% del total de la frontera, que discurre entre enormes bosques y zonas de por sí intransitables.

Una valla disuasoria y un Ejército poderoso

La valla es –o será, cuando culmine su construcción– una medida más bien disuasoria para los tránsitos migratorios o llegada incontrolada de peticionarios de asilo. Entre sus objetivos no está el de contener una eventual incursión rusa, ya que para ese factor se confía en las fuertes inversiones en Defensa. Finlandia era ya bajo Marin o su antecesor, el asimismo socialdemócrata Antti Rinne, el país con el Ejército más moderno y con un mayor contingente de la región. A sus 70.000 soldados en activo se suman unos 280.000 reservistas. Lleva años invirtiendo en armamento, ha adquirido 60 F-35 de Estados Unidos y se ha protegido contra ciberataques como si temiera que en cualquier momento pudiera llegarle uno de Rusia.

Los grupos de peticionarios de asilo o las presuntas intencionalidades desestabilizadoras rusos son solo un aspecto de la progresiva hostilidad entre Finlandia y su país vecino. En paralelo al ingreso en la OTAN, Helsinki ha estrechado aún más la cooperación militar con Estados Unidos. Este diciembre, Finlandia suscribió un acuerdo que garantiza a Washington el uso de 15 bases militares en territorio del país nórdico. Suecia, sin consumar aún su ingreso en la Alianza y con un Gobierno conservador apoyado en la ultraderecha, firmó un pacto parecido. Lo mismo hizo a continuación un tercer gobierno nórdico, el de Dinamarca, liderado por la socialdemócrata Mette Frederiksen.

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